EL NOMBRE SIMBÓLICO *

SIETE MAESTROS MASONES

I

En el momento del nacimiento, y antes incluso, nuestros progenitores nos imponen un nombre, el cual servirá desde entonces para identificarnos, aportando además información sobre aspectos de nuestra naturaleza física y anímica. Este nombre es una de nuestras primeras señas de identidad, la cobertura más externa de nuestro ser y uno de los puntos de partida del autoconocimiento. Con la Iniciación a los Misterios, que supone una primera muerte simbólica, y por tanto real, y un renacimiento simultáneo, el segundo nacimiento o la apertura a la sacralidad de la vida y de nosotros mismos, se hace necesario descubrir el nuevo nombre que corresponde a una modalidad diferente del ser. A diferencia del primero, éste solamente puede designárselo uno mismo, lo cual da idea del proceso totalmente interior y esotérico que supone la Iniciación.

Después de la muerte iniciática supe que me llamaba María Magdalena, apelativo que sintetiza el error y el sin sentido en el que había vivido hasta entonces, entregada siempre a mil empresas exteriores, complacida en los egos, deseos y pasiones aunque siempre insatisfecha, y al mismo tiempo representa el descubrimiento de la posibilidad de empezar una vida nueva, real y con sentido vehiculada por los símbolos y ritos iniciáticos.

Más allá de una lectura puramente literal, descubrimos en Magdalena la mujer prostituta, el símbolo de ese aspecto femenino de cada ser humano que se libra a innumerables amantes, representantes de los falsos masculinos con los que deseamos desposarnos, y que la hacen permanecer apegada al error, ignorancia y al olvido del Sí mismo. Así son las cosas cuando uno se aferra a la dimensión profana de su ser y del mundo. Pero Magdalena se arrepiente, en el sentido de reconocimiento de su error, y al derramar el perfume de nardo sobre la cabeza de Cristo, besar sus pies y enjugarlos con sus lágrimas y cabellos, representa a la humanidad entera regresando a su verdadero Esposo.

La feminidad inconsciente, que se traduce en un afán de generación indefinido, insaciable y sin rumbo, se orienta hacia una actividad totalmente receptiva, hacia un desapego de todo lo superficial e ilusorio (ya sean prejuicios, egos, estereotipos, moralinas, etc.), y hacia una apertura a la dimensión sagrada de su ser. Magdalena es la que reconoce en Cristo el masculino con el que realizar las nupcias interiores y más allá de eso, el origen y destino, el principio y el fin de toda su labor.

Con Magdalena puede empezar la obra alquímica de transmutación, que simbólicamente se traduce en la realización de su primer nombre: María. Esta es el arquetipo de la Virgen-Madre-Esposa, el símbolo del alma individual y universal que debe someterse a un proceso de regeneración integral para poder ir siendo desposada por el Espíritu en los sucesivos matrimonios que pueblan el camino hacia la Liberación total de toda contingencia, y la consecución de lo que en el hinduismo se denomina la Identidad Suprema.

II

Después del aumento de salario a compañera reconocí un nuevo nombre en mi interior: Estrella, como símbolo de una realidad más profunda de mi individualidad, y con tal nombre os ruego que me llaméis. R. Guénon, en el capítulo dedicado a los nombres profanos y simbólicos del libro Apreciaciones sobre la iniciación, dice así:

Podemos ir aún más lejos: a cada grado de iniciación efectiva corresponde todavía otra modalidad del ser; aquel [refiriéndose al iniciado] deberá pues recibir un nuevo nombre por cada uno de estos grados… Un nombre será tanto más verdadero cuando corresponda a una modalidad de orden más profundo ya que, por ello mismo, expresará alguna cosa que estará más próxima a la verdadera esencia del ser.1

La Estrella Pentagramática es uno de los símbolos fundamentales del compañero masón. Situada sobre el sitial de la Ven.·. Maestra, entre el Sol radiante y la Luna espejante, decora el cielo del Oriente y es nuestra guía y esencia como compañeras. Recordemos la carta XVII del Tarot que lleva dicho nombre, y en la que aparece una mujer desnuda, cubierta todavía de una túnica de piel, liberándose de toda atadura y prejuicio, abierta a los efluvios celestes simbolizados por las ocho estrellas que bañan su cabeza. Imagen arquetípica del hombre nuevo, regenerado por el mensaje universal de la Tradición, ésta no opone ninguna resistencia a la llamada del Espíritu, tan es así que su vacuidad le permite oír nuevas voces y mensajes representados por el pájaro negro, mensajero de los dioses y memoria de todo lo que aún debe ir muriendo. Esta carta es un canto a la poética, al arte de conocerse a sí mismo, a la naturaleza como vehículo de dicho conocimiento, a la belleza del universo como expresión de la Verdad inexpresable, a la fluidez de todo cuanto se sabe que parte de un todo indivisible.

Y en medio de este cántico el ser humano deviene un intermediario entre lo alto y lo bajo, que recibe y da y nada guarda para sí, ni su propio paso por este estado del ser universal, hecho que queda reflejado en las dos vasijas que sostiene la mujer cuyo contenido acuoso es derramado al caudal de la vida. La larga cabellera azul que cubre su cabeza a modo de cascada nos sugiere que el dominio que se nos brinda como soporte, estudio y meditación es el del alma, individual y universal, mas recordando que es el Espíritu el que alumbra todo conocimiento. El suelo sobre el que se apoya es dorado, presagio de la tierra prometida, de las delicias que aguardan a todo ser que decide entregarse a la aventura de conocerse a Sí mismo y encarnar y ser uno con el Misterio insondable.

Para terminar recordaremos un nuevo fragmento del capítulo del hermano R. Guénon citado anteriormente:

Ahora bien, todo lo que hemos dicho hasta aquí de esta multiplicidad de nombres que representan otras tantas modalidades del ser, se relaciona únicamente con extensiones de la individualidad humana comprendidas en su realización integral, es decir, iniciáticamente, con el dominio de los "misterios menores", tal como lo explicaremos a continuación de una manera más precisa. Cuando el ser pasa a los "misterios mayores", es decir, a la realización de estados supraindividuales, pasa por ello mismo más allá del nombre y de la forma, ya que, como enseña la doctrina hindú, éstos (nâma-rûpa) son las expresiones respectivas de la esencia y de la substancia de la individualidad. Tal ser, en verdad, ya no tiene nombre, ya que éste es una limitación de la cual está liberado en lo sucesivo; él podrá, si ha lugar, adoptar cualquier nombre para manifestarse en el dominio individual, pero ese nombre no le afectará de ninguna manera y le será tan "accidental" como una simple vestidura que se puede quitar o cambiar a voluntad.

Así pues, estos nombres simbólicos son el revestimiento, el ropaje con el que se cubre el ser, que a lo largo del camino iniciático debe ir siendo desenmascarado, para dar nacimiento a ese verdadero NOMBRE que somos y que en sí es impronunciable, sin atributo, sin medida, que todo lo es y no lo es.


NOTA
* Este trazado pertenece al volumen de arquitectura: La Logia Viva, Simbolismo y Masonería, publicado por Ed. Obelisco, Barcelona, julio 2006.
1 René Guénon, Aperçus sur l'Initiation, cap. XXVII. Eds. Traditionnelles, París 1992.


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