VILLARD DE HONNECOURT. Centenaire de René Guénon. Neuilly-sur-Seine, Francia, 1986. 
 

En el Nº 2 de SYMBOLOS (Guatemala 1992) tuvimos la ocasión de reseñar esta importante revista masónica, editada dos veces al año por la Logia del mismo nombre. Entre otras cosas, allí se dijo que Villard de Honnecourt "está enfocada principalmente hacia el estudio y la investigación de la simbólica de la Masonería, aunque también son tratados temas relativos al arte y la cultura de otras vías tradicionales diferentes a la Orden Masónica (...) Se intenta así el retorno a las fuentes originales de la tradición masónica, de donde la Masonería actual extrae su identidad y su razón misma de ser". 

En el Nº 13, Villard de Honnecourt dedicó su primera parte a conmemorar el centenario de René Guénon, afirmándose en su editorial la influencia que éste ha tenido en "nuestra generación de Franc-Masones, que desde hace más de treinta años viven con los Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada un libro de horas, y al que encontramos grabado en nuestras expresiones y escritos". En su artículo "Los Rosa-Cruces y el pensamiento de René Guénon" J. Tourniac hace una larga e interesante exposición histórica, simbólica y doctrinal de la Orden Rosa-Cruz y del rosacrucismo, así como de la influencia que han ejercido sobre la Masonería. Para ello el autor recurre a las obras en que Guénon trató especialmente este tema, como El Esoterismo de Dante, Aperçus sur l'Initiation, El Rey del Mundo y los dos volúmenes de Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage. Siguiendo, pues, a Guénon, Tourniac se centra en primer lugar en ciertos aspectos históricos de los Rosacruces, su nacimiento y desaparición, afirmando que "Guénon no aborda más que incidentalmente la historia 'legendaria' de aquellos; él confiere mucha más importancia a su simbolismo y a su significación doctrinal que a los aspectos puramente existenciales del rosacrucismo". Esto es así ciertamente, pero no debemos olvidar que la historia de los Rosacruces, por el hecho mismo de ser legendaria, o mítica, es también simbólica y por tanto reveladora y significativa. En cualquier caso, Guénon distingue entre Rosa-Cruz y rosacruciano, y Tourniac cita este esclarecedor pasaje de las Aperçus... (cap. XXXVIII): "El término de Rosa-Cruz es propiamente la designación de un grado iniciático efectivo, es decir de un cierto estado espiritual, cuya posesión, evidentemente, no está ligada necesariamente al hecho de pertenecer a una cierta organización definida. Lo que él representa es lo que se puede llamar la perfección del estado humano, porque el símbolo mismo de la Rosa-Cruz figura, por los dos elementos de que está compuesto, la reintegración del ser al centro de este estado y la plena expansión de sus posibilidades individuales a partir de este centro; él señala muy exactamente la restauración del 'estado primordial', o, lo que es igual, el acabamiento de la iniciación a los 'pequeños misterios'". En cambio, los rosacrucianos (Fludd, Maier, Andreae, etc.), sí que se agruparon en organizaciones más o menos exteriores y conocidas, pero inspiradas todas ellas por los verdaderos Rosacruces, los cuales permanecieron siempre en el más completo anonimato. Por otro lado, y hablando de los orígenes de esta Orden iniciática, Guénon "retoma la hipótesis de ciertos escritores rosacrucianos que hacen remontar esta corriente al siglo que precede a la abolición de la Orden del Temple y lo religan al Hermetismo". Pero Guénon especifica aún más, y hablando de los viajes legendarios de Christian Rosenkreutz, afirma que "después de la destrucción de la Orden del Temple, los iniciados del esoterismo cristiano se reorganizaron, de acuerdo con los iniciados del esoterismo islámico, para mantener, en la medida de lo posible, el lazo que había sido aparentemente roto por esta destrucción [lazo que unía a Occidente con el Centro Supremo]; pero esta reorganización debió hacerse de una manera más oculta, de alguna manera invisible, y sin tomar apoyo en una institución conocida exteriormente, que, como tal, podría haber sido destruida una vez más". De aquí la designación de "Colegio de los Invisibles" con que se autodenominaban los Rosacruces. Invisibilidad en el sentido de "incógnito", pero también, y fundamentalmente, porque el estado que ellos poseían era, en efecto, estrictamente interior, y por tanto incomunicable por su propia naturaleza espiritual. Volviendo sobre el origen de los Rosacruces, y a la colaboración entre los iniciados cristianos e islámicos, Guénon señala que dicha colaboración debió continuar posteriormente, "ya que precisamente se trataba de mantener el lazo entre las iniciaciones de Oriente y Occidente. Iremos aún más lejos: los mismos personajes, hayan venido del cristianismo o del islamismo, han podido, si han vivido en Oriente y Occidente (y las constantes alusiones a sus viajes, aparte de todo simbolismo, dan a pensar que eso debe de haber sido el caso de muchos de ellos), ser a la vez Rosacruz y Sufí (o mutaçawwufin de los grados superiores), implicando el grado espiritual que habían alcanzado que estaban más allá de las diferencias que existen entre las formas exteriores, que no afectan en nada a la unidad esencial y fundamental de la doctrina tradicional (...) ellos son verdaderamente el lazo vivo entre todas las tradiciones, porque, por su conciencia de la unidad, participan efectivamente de la gran Tradición primordial, de donde todas las otras derivan, por adaptación a los tiempos y lugares, y que es como la Verdad en sí misma". 

Por su parte, J.-P. Laurant, en su artículo "René Guénon y la Orden del Temple", pasa revista a aquellos años en los que el joven Guénon perteneció a determinados grupos ocultistas y neo-gnósticos de principios de siglo, pero centrándose en aquella tentativa, inspirada por el propio Guénon, de "reagrupar los elementos más interesantes de estas organizaciones en una 'Orden del Temple', que, aunque desprovista de una transmisión iniciática regular, hubiera podido constituir el inicio de un grupo de estudios (...) Pero este grupo no tuvo más que una existencia efímera...". Se trataba de la "Orden del Temple Renovada", algunos de cuyos miembros participaron también en la revista La Gnose, hasta el momento en que Guénon se desvincula totalmente de esos grupos e imprime un giro más "tradicional" y esotérico a dicha revista. 

En "René Guénon y el Arco Real", Philippe Laspougeas aborda un tema sumamente interesante, pues el grado de Arco Real (Royal Arch en inglés), fue considerado por Guénon como la "clave de bóveda" de la iniciación masónica, y el que ha conservado con mayor pureza el legado operativo. En efecto, el Arco Real se funda enteramente en el simbolismo constructivo, y dentro de éste aquel que se refiere más particularmente al simbolismo de la cúpula y la piedra angular, el que constituye precisamente la parte superior y celeste del templo. De ahí la distinción entre la "Masonería de la Escuadra" (Square Masonry) y la "Masonería del Arco" (Arch Masonry), la una referida a la Tierra y la otra al Cielo, y por ello, como dice Guénon, con una perspectiva abierta hacia los "grandes misterios". No es extraño entonces que Laspougeas se centre sobre todo en aquellos capítulos de los Símbolos Fundamentales... que hablan del simbolismo de la cúpula y de la piedra angular, así como en el estudio sobre la Palabra perdida y los nombres substituidos del tomo II de Etudes sur la Franc-Maçonnerie... 

Pierre Warcollier plantea unas "Reflexiones sobre 'la Vía Simbólica' según René Guénon", con un subtítulo: "¿Conduce la vía simbólica a una realización espiritual efectiva?". Podría desde luego conducir a esa realización si se considera, con Guénon, que "El verdadero fundamento del simbolismo es, como hemos dicho, la correspondencia que existe entre todos los órdenes de realidades, que religa la una a la otra, y que se extiende, por consiguiente, del orden natural tomado en su conjunto, al orden sobrenatural mismo; en virtud de esta correspondencia, la naturaleza entera no es sino un símbolo, es decir que ella recibe su verdadera significación si se la toma como un soporte para elevarnos al conocimiento de las verdades sobrenaturales, o 'metafísicas' en el sentido propio y etimológico de esta palabra, lo que es precisamente la función esencial del simbolismo" (Aperçus..., cap. XVIII.). 

Por último, señalaremos el interesante artículo de Pierre Girard-Augry "La Tradición del Nombre entre los Operativos". Hemos de decir previamente que este autor es, junto con Gilles Pasquier y Edmond Mazet, uno de los habituales colaboradores de Villard de Honnecourt que más contribuye a traducir y comentar para dicha revista los Antiguos Manuscritos y rituales de la Masonería operativa. En esta ocasión alude a las relaciones que Guénon mantuvo con los llamados "Operativos", nombre dado a los miembros de la Logia inglesa The Worshipful Society of Free Masons ("Venerable Sociedad de Masones Libres"), creada "oficialmente" en 1913 por Clement Stretton y John Yarker, aunque en realidad su filiación tradicional se remonta mucho más allá en el tiempo, pues ha seguido conservando en nuestros días numerosos elementos simbólicos y rituales de la antigua Masonería. Como nos dice Girard-Augry, Guénon estuvo particularmente interesado en la relación existente "entre la Tradición del Nombre presente en estos mismos Operativos y las referencias explícitas o implícitas del Nombre divino El Schaddaï entre los masones constructores". Este Nombre está vinculado a la simbólica del triangulo rectángulo pitagórico cuyos lados están en la proporción 3-4-5, de suma importancia entre los masones medievales, pues él aludía a un "secreto" relacionado con el oficio de la construcción, y también con lo que en la Masonería se denomina el pasaje "de la Escuadra al Arco", o de la "Escuadra al Compás", que es en definitiva el pasaje de la Tierra al Cielo, completando así la Gran Obra de la Cosmogonía. Por otro lado, 345 constituye el valor numérico de El Schaddaï, por la unión de 31 (El) y 314 (Schaddaï). De ahí la importancia de la invocación de este Nombre en la práctica de los operativos, presente en las plegarias de apertura y clausura de la Logia, en la obligaciones y los juramentos, en definitiva en el rito, que constituye el vehículo de la influencia espiritual. En este sentido, es conocida la importancia que Guénon daba al rito de la invocación, o de la incantación, recordándonos Girard-Augry estas palabras del cap. XXIV de Aperçus...: "[la invocación] es una aspiración del ser hacia lo Universal, a fin de obtener (...) una iluminación interior que, naturalmente, podrá ser más o menos completa según los casos. Aquí la acción de la influencia espiritual debe ser considerada en estado puro, valga la expresión: el ser, en lugar de hacerla descender sobre él como en el caso de la plegaria, tiende al contrario a elevarse él mismo hacia ella". F. A.

 
 
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