SYMBOLISME MAÇONNIQUE ET TRADITION CHRETIENNE. Jean Tourniac. Col. Histoire et Tradition. Dervy-Livres. París, 1982. 

Estamos, sin duda, ante uno de los más destacados estudios que en los últimos tiempos se han realizado sobre la simbólica masónica, considerada en este caso en cuanto a sus relaciones con el esoterismo cristiano (donde tan importantes son el componente hermético y cabalístico), y en el que Guénon veía uno de los orígenes de la Masonería. Si bien es el primer libro publicado por el autor (su primera edición data de 1965) para nosotros se trata, junto a Tracés de Lumiere, de su obra cumbre, en la que vertió con más intensidad sus vastos conocimientos sobre el tema, sin recurrir a la cargante prosa erudita. Todo lo contrario. Este es un libro que cautiva desde el primer momento, y el lector tiene la impresión cierta de que nada esencial falta en él, formándose una idea clara y más que suficiente de lo que dicha tradición es en sí misma. En este sentido, hemos de decir que para reforzar algunos de sus argumentos e ideas Tourniac tiene que acudir necesariamente a la simbólica universal, y desde luego a la obra de Guénon, que el autor conocía a la perfección. Asimismo, investiga los dos Testamentos (que tan armoniosamente confluyen en la Masonería) a la luz de ese conocimiento simbólico, incluyendo también numerosas referencias a la abundante literatura patrística y la gnosis cristiana medieval, dos de cuyos máximos representantes son el Maestro Eckhart y Dante, a los que Tourniac cita constantemente, especialmente al último. Todo ello da al libro una gran coherencia doctrinal, y lo hace sumamente didáctico. 

Interesantes por igual son las tres partes en que se divide la obra. De la primera destacamos sobre todo los cap. II y III, enteramente dedicados a algunos aspectos importantes del símbolo y el rito masónico, vehículos de la cosmogonía y de la gran obra iniciática de la construcción interior. Para Tourniac el tesoro de la herencia masónica comprende tres clases de símbolos: los símbolos "figurados" y geométricos, como los cuadros de logia, decoraciones, joyas, etc. ; los símbolos "sonoros" y orales, como las palabras de paso, palabras sagradas, leyendas de los grados, etc.; y por último los símbolos en acción, que no son otros que los ritos, que consisten esencialmente en "gestos", o en "signos", según el propio lenguaje masónico. De gesto también deriva "gesta" y "gestación", implicando por consiguiente las ideas de búsqueda orientada hacia generación espiritual, que ha de operarse en quien encarna la energía consciente del rito (y por tanto del símbolo) y la vive en la integridad de su ser. "De esta manera, el rito aparece como un acto creador, o al menos como el retorno a un gesto o acto creador primordial, arquetipo que manifiesta la Todapotencia del 'Gran Arquitecto Divino', ordenador del mundo". Y añade: "Si todo es significativo en la Orden Masónica, es necesario decir que esta afirmación ha de ser tomada literalmente, no sólo en lo que concierne a todo lo que es 'oído, visto o asentido' en el Templo, sino incluso para todo aquello que toca a las experiencias y aconteceres de la vida del 'Masón'. La Logia es, en efecto, el símbolo del mundo, pero el mundo es un Templo Universal". 

Las reflexiones sobre el simbolismo numérico se centran sobre todo en el septenario, tan importante en la Masonería. Pero Tourniac lo considera más especialmente teniendo en cuenta los vínculos entre la simbólica masónica y la liturgia cristiana. El septenario, centro de la cruz tridimensional, está también constituido por la adición del ternario y del cuaternario, y es bajo este aspecto que es estudiado aquí, relacionándolo con el símbolo masónico de la "piedra cúbica en punta" (identificada con la "piedra filosofal") y con las siete virtudes cristianas, tres teologales, y cuatro cardinales. "La yuxtaposición de la palabra 'teologal' y la palabra 'cardinal' evoca la conjunción del 'Cielo', o triángulo divino, y la 'Tierra' de forma cuadrada. Al igual que en las antiguas iniciaciones los 'grandes misterios' sucedían a los 'pequeños misterios', acabando la realización espiritual integral, también aquí el triángulo, dominando al cuadrado, completa el septenario, dando acceso al dominio propiamente sacerdotal".1 Las cuatro virtudes cardinales están relacionadas con las fiestas litúrgicas correspondientes a las épocas solsticiales y equinocciales, situadas bajo el patronazgo de los dos San Juan y los Arcángeles Gabriel y Miguel, respectivamente. A San Juan Bautista (solsticio de verano) corresponde la virtud de la Templanza; a San Juan Evangelista (solsticio de invierno) la Prudencia; a Gabriel (equinoccio de primavera) la Fuerza; y a Miguel (equinoccio de otoño) la Justicia. Estas correspondencias demuestran hasta qué punto la "liturgia es esencialmente la Obra, o el Oficio, del Cosmos vuelto hacia su Principio Eterno, incluyendo una sacralización del Tiempo correspondiente al estado humano, conduciendo así al establecimiento de una relación entre las virtudes cardinales y los cuatro puntos que crucifican el ciclo temporal del año". 

Pero en todo esto ha de verse una lectura alquímica, pues si como "dice San Pablo, la carne -o la 'tierra', este cuadrado estable y 'materializado'- "tiene deseos contrarios a los del Espíritu", ella no puede servir para vehicular el Espíritu, o para soportar el Triángulo Superior de la Piedra, sin la 'crucifixión [o transmutación] de los vicios y las codicias'. Tal es el papel de las cuatro virtudes cardinales de los dos San Juan y de los dos Arcángeles: 'esforzar' al cuadrado corporal y anímico. Esta crucifixión 'angular' de la piedra, 'obra al negro', condiciona la necesaria 'separación de lo sutil de lo espeso', preparando así la realización del 'Templo del Santo Espíritu' ". Acerca del triángulo superior y de las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad, que les corresponde, el autor nos dice que las dos primeras se sitúan en los dos ángulos de base del mismo. Además, según él, la Fe y la Esperanza también se relacionan con Gabriel y Miguel, pues "¿no es la 'Esperanza' la que da la 'Fuerza' en este mundo? ¿Y no es en nombre de la 'Fe' y de sus consecuencias que se ejercerá la 'Justicia' del Juicio?". Y más adelante: "¿pero donde hallar el resorte de nuestra 'Fuerza' sino en el hecho de que 'En el Eterno está toda nuestra Esperanza'?", como se decía en los antiguos rituales masónicos. Por último, en la sumidad del triángulo, o de la piedra cúbica en punta, encontramos a la Caridad, "confiada a un Arcángel: Rafael, 'Medicina de Dios' ". Rafael, el "noble extranjero" en la historia ejemplar de Tobías "manifestará la caridad divina (...). Porque a quienes buscan con una 'voluntad firme y un corazón recto', el Eterno les concede siempre un guía. Y es así que el Amor mismo conduce siempre al Amor infinito, motor inmóvil por el cual 'todas las cosas se mueven' ". 

La segunda parte está dedicada enteramente a los dos San Juan, cuya simbólica es de una riqueza extraordinaria, y desde luego de una importancia fundamental para entender aspectos esenciales de la iniciación masónica en la diversidad de sus grados. La expresión "Logia de San Juan", como también se denomina al templo masónico desde los tiempos operativos y medievales (en donde los dos San Juan conservaron los mismos atributos simbólicos que otrora tenía el dios Jano entre los colegios artesanales de la antigua Roma), da fe de esa importancia, y sugiere también un lazo indisoluble entre la Orden masónica y las funciones que dentro del esoterismo judeo-cristiano desempeñan el Bautista y el Evangelista. Después de estudiarlos por separado (cap. IV y V), el autor destaca que ambos invitan respectivamente a la contemplación del "misterio del 'segundo nacimiento', ligado a la purificación del agua bautismal, y del 'tercer nacimiento', alumbrado por el 'Fuego purificador' del Espíritu". De ahí que estén vinculados a los dos solsticios, a las dos columnas de la Logia y a las dos luminarias, la Luna y el Sol. Además, el Bautista se refiere a la línea horizontal, al nivel, a lo pasivo y receptivo, y en el bestiario sagrado le corresponde el gallo, el pájaro vigilante (asociado también al dios Hermes-Mercurio, "patrón del Gran Arte hermético") que en lo más profundo de la noche anuncia el despertar de la luz. A su vez, el Evangelista se relaciona con la vertical ascendente y la plomada. "Apóstol de la Luz y del Fuego, él está simbolizado por el Aguila", ave que constituye "uno de los símbolos más utilizados en los 'Altos Grados' de la Masonería Escocesa", en aquellos precisamente en donde se han conservado los vestigios de lo que en la antigua Cristiandad medieval se llamó el Santo Imperio Romano Germánico. 

Continuando con la simbólica de los dos San Juan, y especialmente con el Evangelista, en los cap. VI y VII Tourniac aporta interesantes ideas sobre algunos aspectos poco conocidos del simbolismo del "Hijo del Trueno" y del "Hijo de la Viuda", nombres con los que también se autodenominan los masones. 

El título de la tercera y última parte es enormemente sugestivo: "Arte Real y Arte Espiritual". Es, por otro lado, la más densa del libro y en donde se agrupan el mayor número de capítulos. En ellos Tourniac aborda el aspecto Noaquita (por sus referencias a Noé y sus tres hijos) de la Masonería en relación con el "Arca de Cristo" (cap. VIII), recordando que dicho aspecto está claramente definido en dos altos grados masónicos" el "Noaquita o Caballero Prusiano" para la Masonería escocesa, y el "Royal Ark Mariner" para el Rito inglés. En el capítulo que le sigue, y bajo el título "De la Masonería al Cristianismo", son considerados tres temas principales: los templos como jalones de la Masonería; los santos protectores de la misma (los dos San Juan y San Andrés, que recordemos es el patrón de Escocia, país tenido por una de las cunas de la Masonería actual); y por último la Iglesia y los templos de Israel, el de Salomón y Zorobabel (modelos de la Logia masónica), y el "Templo que no es hecho por manos de hombres", Cristo mismo, considerado en la simbólica constructiva de los masones medievales como la verdadera "piedra angular". De los capítulos sucesivos destacamos especialmente el XI, en donde se aborda extensamente la figura de Melkitsedeq (que Guénon trató en El Rey del Mundo), personaje misterioso del que se habla tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Para Tourniac, Melkitsedeq preside en el judeo-cristianismo la "iniciación sacerdotal", de la que existen vestigios en las iniciaciones del Arte Real, especialmente en el ritual del "Santo y Real Arco de Jerusalén", perteneciente a la Masonería del "Royal Arch". F. A. 

 
 
NOTA
1 Esta cita del autor puede prestarse a cierta confusión, pues parece dar a entender que el dominio sacerdotal está por encima de la obra de la construcción cosmogónica (representada en este caso por la "piedra cúbica en punta"), cuando en realidad pertenece a ella. La Cosmogonía comprende en su totalidad la Tierra y el Cielo, la Alquimia y la Astrología, es decir a los Pequeños Misterios, o Misterios Menores (a los que pertenece la Masonería en todos sus grados), y éstos, según otro simbolismo geométrico, se recorren en un sentido horizontal (terrestre), y en un sentido vertical (celeste), pudiendo corresponder el primero a la vía artesanal y guerrera, y el segundo a la vía sacerdotal. En el simbolismo constructivo, que reproduce las diferentes etapas del proceso cosmogónico, el recorrido horizontal se realiza desde la pila bautismal hasta el altar, y a partir de él comienza el ascenso vertical que finaliza en la cúpula, más allá de la cual se encuentra el dominio propiamente "supracósmico" o Metafísico, es decir el de los Grandes Misterios, o Misterios Mayores, en donde por la misma naturaleza inefable de lo que expresan, toda idea de viaje o de construcción carece por completo de sentido.
   
 
 
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